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Las Guerras Napoleónicas en Europa
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En los asuntos exteriores, Napoleón renovó el expansionismo de Luis XIV con un convencimiento firme de algunos principios ilustrados. Abolió los antiguos privilegios feudales e impuso la igualdad legal en los territorios, que se extendían por la mayor parte de la Europa continental y que añadió al Imperio francés por la fuerza de las armas. En su pasión por la centralización del poder, sacrificó las complejidades históricas en favor de las exigencias de la comodidad administrativa, como por ejemplo en la creación de la Confederación del Rin.

Lo que Napoleón no acertó a apreciar fue hasta qué punto las unidades administrativas más grandes y las reformas igualitarias promovían la conciencia nacional. Al igual que su éxito dependía del entusiasmo nacional francés, su caída fue provocada por el desarrollo de la conciencia nacional de otros pueblos europeos. Las Guerras Napoleónicas (1799-1815) se diferenciaron de las de Luis XIV en que no eran simplemente entre Estados, sino entre Estados nacionales.

 

Tras una serie de desastres (sobre todo la campaña de Rusia y la interminable ‘guerra peninsular’ en España y Portugal), Napoleón fue derrotado y el poder europeo recobró un equilibrio más adecuado; los llamados Cien Días (1815) que siguieron a su huida de Elba y culminaron en la batalla de Waterloo un año más tarde, constituyeron su desesperada y arriesgada jugada final. Al igual que los dirigentes de la Revolución, Napoleón había incrementado el poder del Estado centralizado y le añadió una explosiva mezcla de nacionalismo.
Liberalismo, nacionalismo y socialismo

Tras la derrota de Napoleón, los aliados victoriosos se reunieron en Viena, decididos a restaurar el antiguo orden (véase Congreso de Viena). El ministro de asuntos exteriores austriaco Klemens von Metternich, que defendía el principio de legitimación, restauró a los Borbones en Francia, aseguró la hegemonía de los Habsburgo en las zonas de habla alemana e italiana de Europa central y forjó un acuerdo general para vigilar el continente contra cualquier alteración revolucionaria. Metternich trató de ayudar al monarca absolutista español Fernando VII en sus pretensiones de recuperar sus dominios americanos, pero tuvo que enfrentarse a la resistencia de los ingleses, que apoyaban a los insurgentes en la América española. No obstante, su autoritaria actuación sólo fue una acción de contención.

Las ideas revolucionarias europeas siguieron actuando en la sombra, conspirando con la ayuda del auge de la industrialización y una población en rápido crecimiento para impedir cualquier intento de vuelta atrás.
Los románticos

La imaginación romántica resultó afectada por el drama conmovedor de la revolución y la guerra. Los románticos, que rechazaron el cálculo racional y el control clásico, inventaron un Napoleón idealizado y confirieron al liberalismo, al socialismo y al nacionalismo un fervor emotivo. Como herederos de la ilustración y representantes de la burguesía, los liberales (concepto acuñado en las Cortes de Cádiz, en 1812) hicieron campaña en favor del gobierno constitucional, la educación secular y la economía de mercado, que liberaría a las fuerzas productivas del capitalismo. Su llamamiento, aunque real, se limitaba sólo a un segmento relativamente pequeño de la población y pronto fue eclipsado por el mensaje de ideologías rivales, en parte a causa de su indiferencia hacia la cuestión social, a la que socialistas utópicos como

Guerras Napoleónicas
Guerras Napoleónicas
Charles Fourier, Henri de Saint Simon y Robert Owen ofrecieron provocativas, si bien fantásticas, respuestas. Y lo que es más, el liberalismo fracasó en generar el tipo de entusiasmo exaltado que surgió con la aparición de la conciencia nacional. Activado por la Revolución Francesa, Napoleón y las obras del historiador alemán Johann Gottfried von Herder, el nacionalismo romántico superó a todas las ideologías en liza, en especial al este del Rin. Mientras el cristianismo empezaba a perder su influencia sobre las vidas individuales, dirigentes como Giuseppe Mazzini, en Italia y Adam Mickiewicz, en Polonia fueron capaces de imponer en la conciencia nacional un carácter mesiánico. En España, la revolución liberal que implantó la primera Constitución duró muy poco. El rey Fernando VII volvió a implantar el absolutismo en 1814 y tuvo que enfrentarse a la revuelta de los liberales, que lograron imponer su política entre 1820 y 1823, durante el llamado Trienio Liberal. "Europa" Enciclopedia Microsoft® Encarta® Online 2009
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