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El absolutismo en Europa: la centralización del estado
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La supremacía de Grecia

En la resaca de la guerra de los Treinta Años, el absolutismo comenzó a tomar una forma reconocible; el Estado, secular y centralizado, reemplazó a las instituciones y conceptos políticos feudales como instrumento de poder e influencia mundial. A través de los esfuerzos de los cardenales Richelieu y Mazarino, Francia entró en escena como la primera gran potencia moderna. En 1661, cuando Luis XIV asumió el gobierno del país, comprendió que sólo se podrían conquistar nuevos territorios mediante la movilización de los recursos económicos y militares de todo el Estado. La serie de guerras que provocó en Europa no pudieron transformar sus sueños más audaces en realidades, pero el esfuerzo en sí mismo habría sido imposible sin las políticas económicas mercantilistas de Jean-Baptiste Colbert y la creación de un gran ejército permanente. La vasta burocracia civil y militar que inevitablemente llevaba consigo la ambición territorial desenfrenada del monarca francés pronto comenzó a tomar vida propia, y, aunque el rey pudo haber creído que él era el Estado, de hecho se había convertido en su principal servidor. La aristocracia francesa corrió una suerte similar. Cuando la diversidad feudal cayó víctima del racionalismo burocrático, los aristócratas fueron obligados a ceder el poder político a los funcionarios de la burocracia estatal, llamados intendentes. En España, la muerte de Carlos II sin sucesor provocó la guerra de Sucesión. La llegada de la nueva dinastía de los Borbones coincidió con la implantación del absolutismo. Felipe V abolió los fueros de los distintos reinos, se extinguieron las Cortes y se centralizó el poder basado en una férrea burocracia.

 

La centralización del Estado

Otros monarcas europeos emularon rápidamente el absolutismo francés. El zar Pedro I el Grande dedicó sus energías a transformar Rusia en una importante potencia militar. Como parte de este programa de occidentalización creó un Ejército y una Armada permanentes, estimuló el estudio de la tecnología occidental e insistió en que la nobleza se definiera por el servicio al Estado. Tomó, además, medidas para racionalizar la administración del gobierno. Estos esfuerzos se coronaron con éxito cuando Rusia derrotó a Suecia en la guerra del Norte (1700-1721). Pedro y sus sucesores, acomodados en su nueva capital, San Petersburgo, no pudieron ser excluidos durante más tiempo de la ecuación política de Europa.

Ni tampoco Prusia, donde la estructura política fruto de su evolución histórica era similar a la de los estados más centralizados: la guerra y el impulso expansionista dictaron la concentración del poder, la normalización de los procedimientos administrativos y la creación de un Ejército moderno y permanente.

El precio a pagar por el fracaso en la centralización del poder político era la decadencia política, como se manifestó en Polonia y el Imperio otomano. La persistencia de la independencia aristocrática debilitó tanto a Polonia que finalmente fue repartida en tres ocasiones (1772, 1793, 1795) por los estados vecinos de Austria, Prusia y Rusia. Los turcos, en otras épocas temidos conquistadores del sureste europeo, fueron incapaces de impedir que los jenízaros y funcionarios provinciales usurparan el poder que una vez perteneció al sultán. Como consecuencia, el Imperio otomano entró, antes del final del siglo XVIII, en un proceso que le acabó convirtiendo en el ‘enfermo de Europa’.

De las guerras que asolaron Europa entre 1667 y 1721, surgió un sistema estatal que, en general, sobrevivió hasta 1914. Al comienzo del periodo, Francia permaneció de forma incontestada como la potencia militar más poderosa de Europa; sin embargo, en la segunda década del siglo XVIII aproximadamente, Gran Bretaña, Austria, Rusia y Prusia se convirtieron en potencias con las que había que contar. En lugar de ser un imperio francés, Europa se organizó como un grupo de grandes potencias en equilibrio político. La estabilidad política se convirtió en un principio de la diplomacia europea (conocida con el nombre de ‘concierto europeo’) y en una contestación efectiva a cualquier agresión que tuviera por objeto la hegemonía continental.

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Jean-Baptiste Colbert
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